lunes, 18 de junio de 2012

Los IGNORANTES

Guión: Étienne Davodeau

Dibujo: Étienne Davodeau

Editorial: La Cúpula

Formato: Libro Cartoné. 280 Páginas

Precio: 27€

Calificación: 9/10


Sé que es un comienzo bastante trillado, pero no se me ocurre otro, así que, ahí va...

Me encontré por primera vez con la obra de Étienne Davodeau cuando La Cúpula editó, hace ahora un par de años, el primer volumen de Lulú, Mujer Desnuda. Como quiera que su reseña encontró lugar en las páginas del suplemento y no en estas líneas, he de admitir que, con el tiempo, lo que en su momento fue una lectura gratísima llena de encanto y candor, se ha ido convirtiendo en una de las favoritas de las numerosísimas que hice aquel 2010. Obviamente, aquellos dos volúmenes me terminaron sabiendo a poco, así que me lancé a la búsqueda de otras obras del autor francés que hubieran sido editadas en nuestro suelo, encontrándome por casualidad en una visita al Nostromo sevillano, los cuatro títulos que Ponent Mon había editado, saldados a menos de la mitad de su precio de portada. Como podréis imaginar, no me tembló el pulso al agarrarlos todos y hacer que formaran parte de mi tebeoteca. Su posterior lectura paulatina, refrendó la impresión que ya me había dejado Lulú, la de haber encontrado a un autor sencillo que busca, a través de historias afables y en apariencia simples, hacer llegar al lector las más diversas reflexiones acerca del mundo que nos rodea. Así era en Ha Muerto un Buen Hombre (quizás la mejor del cuarteto), Caída de Bici, La Mala Gente y El Testimonio.

No debería resultar extraño pues que, al anuncio de La Cúpula de estos Ignorantes, siguiera la expectación propia de quien quiere tener en sus manos la nueva obra de un autor que nunca defrauda. Lo que no me podía esperar, sinceramente, es lo que al final me he terminado encontrando.

Ya la premisa de partida del proyecto resulta tan original como atractiva a los ojos de cualquier lector de cómics (europeo a priori, aunque la universalidad del relato debería ser suficiente reclamo para atraer a todo tipo de aficionados): durante un período de tiempo de un año - aproximadamente- Davodeau seguirá y ayudará a Richard Leroy, un amigo viticultor, en la ardua tarea de preparar la cosecha del año. Al mismo tiempo, Leroy se someterá a un proceso de "educación" tebeística que incluirá, no sólo la lectura de títulos tan dispares como Watchmen, Maus, Diario Azul, Arrugas, En Busca de Peter Pan o El Fotógrafo, sino la visita a autores franceses, salones de cómic, la imprenta donde se dan los últimos retoques a la edición del primer volumen de Lulú o a la sede de Futurópolis, la editorial que publica los trabajos de Davodeau al otro lado de los Pirineos.

En este proceso de iniciación cruzado, el lector, a través de la exhaustiva labor documental del artista, puede asistir tanto a explicaciones científicas acerca de la elaboración del vino (algo que para alguien que no ama el zumo de la uva resulta todo un descubrimiento), como al encuentro de un neófito en el mundo de la viñeta con nombres como los de Marc Antoine Mathieu, el autor de Dios en Persona y la fantástica 3 Segundos, Jean Pierre Gibrat, que en los momentos que nos narra la historia está inmerso en Matteó, o Matthieu Lefevre, el dibujante de ese sublime título que es El Fotógrafo (por cierto, pequeño tirón de orejas a los traductores de este Ignorantes, ya que La Prórroga, la magistral obra de Gibrat, es renombrada aquí como El Plazo).

Lejos de chirriar, la excelente labor de Davodeau consigue que las articulaciones que van uniendo una y otra vertiente del relato funcionen a la perfección, conjugando una máquina perfectamente engrasada en la que se intuye la voluntad del autor de acercar ambos mundos para que sea el lector el que extraiga los inevitables paralelismos entre la paciente labor del viticultor y la del dibujante de cómics. Consecuencia directa de ese perfecto engranaje, es que la lectura de Los Ignorantes atrapa como pocas, y sus 280 páginas se pueden leer perfectamente de una sentada (de hecho, creo que hasta es recomendable hacerlo así) sin que el cansancio por lo que nos transmite el autor aparezca en ningún momento, algo a lo que ayuda enormemente la franqueza de su trazo (y de nuevo, su afán documentalista -atención al momento del apunte del Duchampiano pulverizador) y, sobre todo, la natural frescura con la que se estructura el relato y con la que Davodeau impregna toda la narración.

Sergio Benítez (XIV) 

2 comentarios:

Carlos dijo...

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