martes, 6 de octubre de 2009

SUPERMAN: the MAN of STEEL vol.1

Guión: John Byrne

Dibujo: John Byrne

Editorial: DC

Formato: TPB. 152 Páginas

Precio: $14.99

Calificación: O.M

Quien me haya venido leyendo durante el pasado mes, habrá notado que todas las obras a las que califico como maestras, tiene en común el ser acercamientos adultos a los personajes que ya conocemos, enfoques oscuros y maduros que ayudan a contar otro tipo de historias, diferentes a las que veníamos leyendo años atrás. Pues bien, ésta reseña, con la que termino mis lecturas de verano (y es que ya pega más hablar de Navidad que de verano) es todo lo contrario, ya que Byrne aprovechó para volver a contarnos el origen de nuestro kriptoniano favorito como mejor sabe hacerlo: como un gran espectáculo circense, lleno de luz y colorido.


Allá por el año 86, DC acaba de salir de sus primeras Crisis, ya sabéis las de “Mundos Morirán, Mundos Vivirán” no el timo ese que nos ha colado mi amigo Morrison hace poco (ya te cogeré Grant, ya te cogeré…), y después del macroevento, tocaba poner las cosas en orden. Así, mientras que Frank Miller y David Mazzuchelli se encargaban de revisitar el origen de Batman en Año Uno, o George Pérez hacía lo propio con Wonder Woman, a John Byrne le encargaron hacerse cargo de forma completa, guión y dibujo, de Superman, la tercera pata del banco para DC. Por eso, y a la espera de que Geoff Johns y Gary Frank vuelvan a contar ese origen para una nueva generación (que viejo soy, leñe), analizaremos la versión de Byrne.


Publicado originariamente como una miniserie de seis números, el autor canadiense se ocupaba en cada número de uno de los personajes secundarios del héroe (sus padres kriptonianos, Lois Lane, Lex Luthor, Bizarro, etc) para ir avanzando cronológicamente en las primeras aventuras del héroe. Aprovechaba la aparición de sus padres para contar la destrucción de Krypton y su llegada a la Tierra, la de Lois Lane para contar la primera aparición pública del héroe o su llegada al Daily Planet, y así, sin pretensiones, presentar al personaje y sentar las bases para una nueva generación de lectores, entre los que casualmente me encontraba.


Sobre Byrne, poco puedo deciros que no sepáis ya. A nivel personal, el que una vez fuera mi autor favorito ha ido cayendo en picado, tanto a nivel creativo como a nivel artístico, y se prodiga cada vez menos, en alguna cosilla para Star Trek, y poco más, y ya casi no se adivina en su dibujo aquel AUTOR, así, en mayúsculas, que guionizaba, dibujaba y hasta entintaba cosas como La saga de Fénix Oscura, Hulka o Next Men (que recomicdaré próximamente).


Durante estos seis números, que casi he memorizado a fuerza de relectura, me quedo con algunos “momentazos”, como la página dividida en cuatro, donde Lois Lane siempre llega tarde a los sitios donde Superman ha prestado su ayuda, su primer encuentro con Batman, el rescate del transbordador que dará origen a la leyenda, su primera aparición con el traje, o la reacción del kriptoniano ante la muchedumbre que le acosa tras el rescate, donde aparece sentado en la oscuridad, comentando a sus padres adoptivos que “todos querían un pedazo de mi”.


El éxito de la mini-serie fue tal que DC concedió a Byrne su propia serie mensual del personaje, enla que también nos dejó muy buenas historias, como aquella en la que Lex Luthor despide a una trabajadora que mediante un sofisticado ordenador ha conseguido probar que Superman y Clark Kent son la misma persona, ya que según el archienemigo del superhombre: “Esa afirmación sólo puede ser lógica para una máquina”


Jose (18)

Géneros DC: JONAH HEX vol.1

Guión: Jimmy Palmiotty & Justin Gray

Dibujo: Luke Ross & Tony DeZuñiga

Editorial: Planeta DeAgostini

Formato: Libro Rústica. 140 Páginas

Precio: 12.95€

Calificación: 7/10

Considerando mi amor hacia el western resulta cuanto menos paradójico que hasta la fecha esta sea la primera vez que leo algo de Jonah Hex (y sí, ya se que resulta aún más contradictorio el que tampoco haya leído nada de Blueberry, pero todo se andará, ¡que el día sólo tiene veinticuatro horas!). Creado en 1972 por John Albano y Tony DeZuñiga, el personaje ha conocido a lo largo de las décadas una suerte desigual. Tras permanecer con cabecera propia durante noventa y dos números, la serie del personaje sería cancelada durante las Crisis para volver a aparecer el mismo año pero bajo un extraño experimento que llevaba al héroe al s.XXI (a lo Mad Max) y que tuvo escasa repercusión en yanquilandia. Tras la fallida reinvención de Hex, a la serie regular que hoy nos ocupa, y que arranca en 2005, le precedieron tres miniseries escritas por Joe R.Lansdale, dibujadas por Tim Truman y publicadas bajo el sello Vértigo, mucho más adecuado a la moral y acciones del cazarrecompensas que luchó junto al ejército confederado durante la Guerra de Secesión y ahora vende su puntería al mejor postor, conservando un sentido de la justicia bastante particular.

Con la intención declarada de abarcar toda la vida del personaje mientras las ventas sean propicias y la colección no se cancele, claro está, Palmiotti y Gray abordan a Jonah y su entorno de la mejor manera posible, con un tono de western crepuscular que le viene ni pintado al deformado pistolero. La decisión, obvia si se piensa durante un instante, acarrea sus pros y sus contras. En el lado positivo está el juego que da no sólo en cómo dibujar a Hex sino a la pléyade de secundarios que lo acompañan en cada historia, sacados todos ellos de cualquiera de los westerns de Sergio Leone (especialmente la magistral Hasta que Llegó su Hora). Siguiendo con el realizador italiano, no es de extrañar que el modelo para el "héroe" sea el Clint Eastwood duro, despiadado pero con un estricto sentido de la moral que vimos en cualquiera de las cintas en las que el actor fue dirigido por áquel o, incluso con mayor intensidad, en sus propias incursiones en el género, ya sea como Josey Wales en El Fuera de la Ley, el predicador de El Jinete Pálido o el William Munny de la maravillosa Sin Perdón. Tan acertada decisión de "cásting" queda refrendada por la estructura narrativa de la serie: cada número es una historia autoconclusiva dividida en varios capítulos y sin solución aparante de continuidad entre ejemplares, lo que permite que amenizar la lectura sobremanera y el trabajo de los guionistas (que no se cortan un pelo en cuanto a muertes y sangre) no quede empañado por una innecesaria semblanza de largos arcos argumentales. En la parte negativa (esto parece el Un, Dos, Tres) lo que más llama la atención y aleja al tebeo de ser un western crepuscular puro y duro es el hecho de que sepamos que el personaje principal no puede morir, algo que en el cine podía pasar en cualquier momento.

La decisión de que Luke Ross se encargue de insuflar vida bidimensional al personaje, quizás no sea la más acertada (me gustaría ver que hubiera hecho Ezquerra con la serie) pero la verdad es que funciona bastante bien, incluso teniendo en cuenta que la tendencia hacia el fotorrealismo con la que juega el artista siempre ha servido poco a dinamizar sus tebeos, bastante lastrados por una narrativa estática. Dicha estaticidad sigue presente en las páginas de Jonah Hex, sobre todo cuando uno se para a intentar adivinar qué actores al margen de Clint Eastwood aparecen en las páginas de la serie, evidenciando los cameos de Dennis Hopper o Christopher Walken (entre otros muchos) lo deudor que es el dibujo del celuloide y la fotografía, aunque ello no sea impedimento para valorar en su justa medida tanto la labor del artista, como la conjunción con unos guiones que hacen de esta nueva encarnación de Jonah Hex un producto bastante atractivo. Habrá que ver como sigue.

Sergio Benítez (283)

lunes, 5 de octubre de 2009

1602

Guión: Neil Gaiman

Dibujo: Andy Kubert

Editorial: Marvel

Formato: Oversized HC. 248 Páginas

Precio: $24.99

Calificación: 5.5/10

Hace unos añetes se anunció a bombo y platillo que el GRANDE, ÚNICO, MARAVILLOSO e INIGUALABLE Neil Gaiman iba a hacer una obra para Marvel. Y no es que yo piense lo que dicen los adjetivos mayúsculados, es que eran parte de los argumentos que se esgrimían para que el friki medio se sintiese tentado a adquirir la obra cuando saliera, ya fuera un Spiderman, un Doc Extraño, un Daredevil, los 4F, los mutantes o un Capitán América (y al final resultó ser de todos ellos). La sombra de Sandman es alargada y cualquier cosa de éste caballero tenía que hacer el "culo pisicola" a todo fan medio que se preciara.

Y llegó el día en que se anunció el nombre del proyecto: 1602. Y las webs y los fans empezaron a elucubrar cuál sería el misterio que se escondía tras la cifra. Se barajaron muchas y variadas hipótesis, que no os voy a relatar porque sinceramente no recuerdo ninguna de ellas y me da pereza ponerme a buscar ahora por internete. Si alguien tiene curiosidad, ya sabe... Por tener tiene hasta su propia entrada en la wikipedia (nota mental: intentar colarle a Sergio un artículo de la wikipedia en una futura recomicdación para ahorrar faena y acordarme de borrar ésta nota mental antes de mandarle ésta reseña).

Y siguió pasando el tiempo y la primera entrega de ésta obra de ocho capítulos salió a la venta y... el mundo siguió girando como hasta entonces.

La tan cacareada obra del creador de la serie del señor de los sueños era, a priori, un What if? más. Y un servidor hace ya muy mucho que se agobió las supuestas historias alternativas del Universo Marvel que casi siempre son tontunas e intrascendentes. Si bien hay que reconocer que Gaiman y Kubert, se las apañan bastante bien para crear una realidad alternativa en los albores del siglo XVII, con la Reina Elizabeth en el Trono de Inglaterra, y el mundo entrando en una nueva era. 400 años antes de lo esperado, surgen los principales personajes del Universo Marvel. ¿Cuál es el motivo de que Spiderman, La Patrulla-X, Nick Furia, el Doctor Extraño y muchos más aparezcan en un contexto en el que ciencia y hechicería se dan la mano?

Pues la respuesta a ésa pregunta la tenemos en las tres últimas y precipitadas páginas de la obra. Una pena que el broche de la misma no sea un poco más redondo y menos tontuno, porque ha pasado de poder ser una buena obra a una simple anécdota que se olvida con el tiempo. Y os aseguro que es así, pues conforme releía el tomo para ésta recomicdación me daba la sensación de leerlo por vez primera, porque no recordaba nada de nada.

Y lo que pasa es que se trata de Gaiman, y de él siempre se espera mucho más, haga lo que haga. El señor Kubert está en su línea, y si bien reconozco que no es un dibujante que me apasione, cumple con creces. El tomo es entretenido, de lectura amena, no me ha desagradado, pero el detalle de no recordarlo mmm... Aunque siempre se puede ver el vaso medio lleno, es como si lo leyese por vez primera y sentí que amortizaba un poco el gasto realizado.

Pero a pesar de ello la Marvel Quesadaniana no deja de perseverar, y siguió sacando un par de series limitadas más situadas en éste universo alternativo. Ya se sabe: si cuela, cuela. Pero esa ya es otra historia, y un servidor no va a contársela. Porque piqué una vez, pero por mucho Greg Pak o Peter David que pusieran como reclamo, ya no volví a caer en la trampa y nada puedo decir de ésas otras obras.

Y con ésto poco más que contaros. Sólo que tengo la sensación de que debía hacer algo antes de mandarle a Sergio la reseña pero no recuerdo exactamente qué era...¡bah! sería una tontería de las mías.

Saludos!

Nacho (18)

CUANDO el CÓMIC es ARTE: JOSÉ ORTIZ



Guión: José Ortiz

Dibujo: José Ortiz

Editorial: Toutain


Formato: Álbum Rústica. 88 Páginas

Calificación: 10/10


No consigo dar con un comienzo para esta recomicdación que no sea hacer desde este recóndita bitácora de la red un llamamiento urgente a cualquier editorial que quiera oirme: hace falta YA que alguien se plantee en firme comenzar a mirar más hacia dentro de nuestras fronteras y atrás en el tiempo para recuperar cuanto antes la obra de toda una generación de autores que parecen perdidos en el recuerdo de unos pocos. Al igual que Glénat ha hecho con Carlos Giménez o Jordi Bernet, no estaría de más que se recuperara el trabajo que artistas como Pepe González, Fernando Fernández (del que sólo hay editados y conseguibles ahora mismo tres álbumes), Esteban Maroto, José Ortiz, Josep María Beá, Fernando de Felipe, Luis García, Florenci Clavé, Fernández Palacios, Víctor de la Fuente, y tantos y tantos otros que me dejo en el tintero, hicieron allá por los sesenta y setenta - e incluso los ochenta.

Mientras tan improbable hecho ocurre, a los que queremos conocer más sobre los cómics que no pudimos leer por ser muy niños, no nos queda más remedio que tirar de cartera y sondear con recurrencia lugares infames como eBay o Todocolección o, en mi caso, tener la suerte de contar con un suegro cuya colección de tebeos y revistas supera la mía de largo, sobre todo en lo que a material español se refiere. Precisamente es de su inmensa tebeoteca de donde salió la recomicdación del volumen de Cuando el Cómic es Arte dedicado al tristemente desaparecido Pepe González, y de donde procede ahora esta que hoy nos ocupa, centrada en José Ortiz.

Que un artista de la talla y la trayectoria del murciano, que lleva dibujando desde finales de la década de los cuarenta, tuviera que irse al extranjero para ver reconocida su labor, es algo de lo que todos (incluso los que lo hemos descubierto de forma tan tardía) deberíamos sentirnos un poco avergonzados. Con títulos a sus espaldas como Grandes Mitos del Oeste, Tarzán (y su secuela), Hombre (al que nuestro Toni le tiene un especial cariño), Burton & Cyb, Morgan o las muchas historias cortas que el artista dibujó para Warren, Toutain o Norma, Ortiz abandonó el mercado español a principios de los noventa coincidiendo con el declive de las revistas para las que hasta entonces había dibujado, y decidió probar suerte en el italiano, donde Bonnelli quedó maravillado por sus primeros trabajos para Tex. Y mientras el artista sigue dejando muestras de su talento en el país de la pasta, la pizza y el fumetto, hoy nos paramos un momento a deleitarnos con uno de sus más famosos relatos, el que ocupa por entero este volumen de Cuando el Cómic es Arte: Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, publicada por Warren en los años setenta.

Acompañada de unas cuantas ilustraciones que sirven de muestra inmejorable para hacernos una idea de la calidad de Ortiz como dibujante, Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis es recogida en este tomo en sus dos versiones, la española y la americana (esta última en formato reducido de dos páginas en una e impresa sobre papel marrón claro). Esta duplicidad sirve para constatar varios hechos. Para empezar que la edición que Toutain nos presentó en este volumen, ya fuera por propia decisión o por voluntad del artista, no es la misma que la americana, careciendo en ocasiones de los bocadillos de diálogo que si acompañan a aquella, o cambiando estos por versiones más reducidas que nada tienen que ver con una traducción directa. Extraña donde las haya, lo realmente interesante de dicha decisión es lo que nos permite apreciar sobre el dibujo del artista (artistazo habría que poner), y es que este no necesita diálogos para poder transmitir toda la fuerza de su mensaje: en el capítulo que esto pasa con mayor intensidad, el dedicado a la Guerra, la lectura primera de la versión española y la posterior comparación con la americana no deja lugar a dudas, nos encontramos ante un dibujante como una catedral (y disculpen el coloquialismo) con un sentido de la narrativa y un trazo (magistral esa compulsión por el detalle y la profusión de líneas) prodigiosos.

El resto de los capítulos, en los que se suprimen bocadillos o cuadros de texto completos, ahondan más en la clara sensación de que por mucho que se emperifollen los cómics, si la parte visual es del calado que aquí podemos observar poco más hace falta. Una GRAN historia para un GRAN volumen dedicado a un MAESTRO del arte secuencial. No me quedan palabras...

Sergio Benítez (282)

viernes, 2 de octubre de 2009

La LÍNEA de FUGA

Guión: Christophe Dabitch

Dibujo: Benjamin Flao

Editorial: Norma

Formato: Libro Cartoné. 120 Páginas

Precio: 17€

Calificación: 8/10

La Línea de Fuga es un cómic atípico. Y lo es por muchos motivos que intentaré desgranar en la presente recomicdación, aunque quizás el principal sea por su temática. Durante el año pasado hemos visto como se editaban cómics dedicados a cantantes (los hubo de Johnny Cash, Carlos Gardel o aquellos que incluían incluso un cd con música del artista en cuestión). Muchos son probablemente los que podemos encontrar centrados en figuras históricas (sobre todo políticas) o del deporte (ahí están el de Valentino Rossi de Manara o el de Jorge Lorenzo editado por Panini). Pero, ¿cuántos dedicados a homenajear la vida de un poeta podríais citar?. Es más, en la gran mayoría de los cómics sobre personajes reales se termina acudiendo de una forma u otra en algún momento al sesgo biográfico. Sabiendo esto, ¿cuántos de poetas seríais capaces de nombrar en los que el homenajeado ni siquiera apareciera?. ¿Alguien?. ¿Nadie?. Me lo imaginaba.

Rimbaud fue uno de los poetas que más me fascino en una época en el que la prosa había dejado de atraerme y me volqué en descubrir autores en verso que pudieran saciar mis ansias lectoras: personaje controvertido, de declarada homosexualidad y vida disoluta, la existencia de Arthur Rimbaud nunca fue fácil, ya que su familia (madre y hermana) nunca fueron capaces de aceptar el carácter de enfant terrible del poeta. Su paso fulgurante por el mundo del verso se reduce a cuatro años de una corta vida (murió a la edad de treinta y siete), tiempo más que suficiente para que su influencia en las corrientes decadentistas y simbolistas fuera más que notable. Pero la importancia real de la obra de tan insigne poeta, de obscura métrica cargada de múltiples significados, vino después, influyendo a personajes tan relevantes del mundo de la cultura como Henry Miller, William S. Burroughs, Pasolini, Hugo Pratt, Jim Morrison, Kurt Cobain o Bob Dylan.

La Línea de Fuga parte de la invención de un poeta adscrito al grupo de seguidores con el que Rimbaud contó en vida. Adrien, pues ese es su nombre, es un personaje lleno de las contradicciones propias de la poesía del autor al que admira que se ve obligado a plagiarlo con algunos versos apócrifos que se llegaron a publicar en una revista llamada El Decadente, que durante tres años quiso unirse a la vanguardia poética y sacó a la luz seis supuestos poemas del autor encontrándose de frente con Verlaine, el mentor y amante de Rimbaud. En esta tesitura, Dabitch, jugando a mezclar realidad y ficción sin que en ningún momento notemos la diferencia, coge a Adrien y lo embarca en su particular viaje a El Corazón de las Tinieblas, jugando como hiciera Conrad a dotar al poeta de un fuerte carácter simbólico: no es tanto para encontrar a su ídolo como para encontrarse a si mismo para lo que le servirá al protagonista la odisea en la que se embarca casi sin pretenderlo.

Por el camino, y trufando la narración con pasajes de dos de sus obras más reconocidas (Una Temporada en el Infierno y El Barco Embriagado) entre otras, Dabitch consigue enganchar al lector con un tebeo en el que el juego con el espíritu de la decadencia está tan presente como el de la simbología, representada esta última con las ensoñaciones en las que el protagonista imagina hablar con el jefe de la revista, uno de sus compañeros y el propio Verlain, encarnados cada uno de ellos en un sapo, un cisne y un viejo pájaro. Y dando buena cuenta de todo ello en el terreno visual encontramos a un Benjamin Flao fascinante. El dibujante (un total desconocido para el que esto suscribe), emprende la labor de adaptar a imágenes el complejo guión de Dabitch mediante un trazo de gran soltura y naturalismo que hace gala de una narración portentosa, en la que las composiciones van ajustándose al ritmo de la historia, no cerrándose el artista a ninguna estructura y concretando en su conjunción con el guión un tebeo al que sin duda alguna habrá que volver en un futuro pues, al contrario de lo que afirmaba el señor Foix de manera despectiva, de este cómic si hay mucho que aprovechar.

Sergio Benítez (281)

jueves, 1 de octubre de 2009

NO ME DEJES NUNCA

Guión: Jason

Dibujo: Jason


Editorial: Astiberri

Formato: Libro Rústica. 48 Páginas

Precio: 12€

Calificación: 7.5/10

Si pudiéramos comparar cualquier trabajo de Jason de los ya recomicdados hasta la fecha por estos lares con una receta culinaria, la mejor forma de definir las creaciones del autor sería a través de esas insospechadas fusiones a las que gente como Arzak o Adriá tanto nos tienen acostumbrados en los últimos tiempos y que han dejado atrás conceptos en su momento tan revolucionarios como la nouvelle cuisine para ofrecernos deconstrucciones y estrambóticos experimentos con nitrógeno líquido u oro en polvo.

Maestro en esto de servir como crisol de influencias de lo más variopintas, Jason nos ofrece en No Me Dejes Nunca un nuevo recital de imaginación portentosa en la que confluyen inesperadas referencias cinematográficas y, en esta ocasión, todo un repaso a la generación de escritores que hicieron grande a la literatura universal desde el viejo mundo. Para ello, Jason sitúa la acción en el París de 1920, y nos va presentando, como sólo él sabe hacerlo, a Hemingway (curiosamente el título original del tebeo), Scott Fitzgerald, James Joyce, escritores todos que por aquel entonces frecuentaban las calles más bohemias de Montmartre.

Pero claro está, viniendo de Jason uno debe esperarse lo extraordinario, y en este caso el toque de genialidad del autor noruego es convertir a estos tres grandes literatos y a otros que aparecen citados (genial la referencia a lo confuso de la narrativa de Tolstoi con tantos personajes) en autores de cómics que pelean día a día por buscarse la vida en un competitivo mundo. Una situación que, obviamente, sirve de reflejo directo de lo que en el mundillo del noveno arte es una constante.

Y si esta curiosa conversión, que como ya he dicho da para chistes de un humor bastante ácido, no fuera suficiente, a la mitad del relato Jason se quita un disfraz, para ponerse otros dos muy diferentes con nombres propios: Akira Kurosawa y Stanley Kubrick. La forma en la que ambos cineastas relataron Rashomon y Atraco Perfecto es tomada como préstamo directo para narrar un robo desde diferentes puntos de vista envolviendo finalmente la globalidad del tebeo, como ya es constante en él, de una sutil reflexión acerca del amor que viene a sumarse a todas aquellas que le hemos leído con anterioridad.

Sergio Benítez (280)

El JUEGO de la LUNA

Guión: Enrique Bonet

Dibujo: José Luis Munuera

Editorial: Astiberri

Formato: Álbum Cartoné. 136 Páginas

Precio: 21€

Calificación: 8.5/10

Pura poesía visual. Así. Sin paños calientes. Eso es lo que nos ofrece El Juego de la Luna, el esperadísimo nuevo trabajo de José Luis Munuera que, por si alguien no se había dado enterado todavía, confirma al dibujante murciano como uno de los mejores artistas españoles del momento.

De su personal grafismo, heredero de las influencias del mundo de la animación en el que se inició, mezclado con el mejor Franquin (su estancia en Spirou y Fantasio ha hecho mucha mella en el estilo del artista) ya hemos hablado aquí largo y tendido en las recomicdaciones de los dos volúmenes que Planeta ha editado hasta la fecha con el trabajo del español en dicha colección. Pero claro está, un artista inquieto como Munuera no podía quedarse satisfecho con repetir formas y estructuras ya vistas, y en El Juego de la Luna nos sorprende con una monocromía (que sólo rompe el rojo de la vestimenta de la protagonista) fantástica que crea a la perfección ese extraño ambiente que rodea a Aldea, la región fuera del tiempo en la que se desarrolla la acción. Envuelta en un halo de misterio y desdefinida como decorado destinado a potenciar el drama que se desarrolla en las páginas del volumen (editado maravillosamente por Astiberri), Aldea puede ser cualquier pueblo del noroeste de la geografía española con sus horreos, sus meigas y sus horas brujas, con la neblina que envuelve de magia a un bosque iluminado por nuestro satélite y que Munuera define con geniales brochazos de gris de diferentes intensidades.

Con este telón de fondo, los personajes, brillantemente caracterizados y caricaturizados cuando el arquetipo así lo pide, van cobrando vida ante nuestros ojos sin dificultad, algo a lo que la labor de Enrique Bonet, alma mater de este proyecto (no en vano fue él quien lo inició hace quince años), no es ajeno. Dividiendo la narración en dos actos separados temporalmente por un período indefinido de años, Bonet concreta con El Juego de la Luna un trabajo sin fisuras, en el que lo onírico y lo real se entremezclan sin problemas para dar como resultado un guión escrito con una pasión que dimana de cada viñeta y página dibujadas por Munuera. La historia del cómic, que sigue la tragedia que acompaña a Artemisa (apropiado nombre de la diosa griega que siempre se asoció a la Luna), su hermano, un joven enamorado de ella y el déspota de la aldea; se va desarrollando de forma pausada, dejando que el lector se deje seducir por el ambiente que crea el dibujante para que, toda vez quede capturado por el sutil juego que propone la historia, ya no pueda zafarse de sus embrujadoras páginas.

Decía ayer con la recomicdación de Sangre Armenia que iba a haber tres títulos esta semana que demostraban hasta donde puede llevarnos un cómic.
Aunque en términos diferentes y salvando las distancias entre lo que cada cómic pretende que El Juego de la Luna pueda ser comparable a cualquier poesía o pintura del periodo romántico resulta muy obvio una vez se ha finalizado su lectura. Que por ser tebeo salga perdiendo en esa comparación es una injusticia en la que no vamos a caer en este rincón de la red. El trabajo de Bonet y Munuera es una gran obra de un gran arte. Y en esta última parte de la afirmación no caben disquisiciones de ningún tipo.

Sergio Benítez (279)