Guión: Alfonso ZapicoDibujo: Alfonso Zapico
Editorial: Dolmen
Formato: Álbum Cartoné. 80 Páginas
Precio: 18.95€
Calificación: 7/10
Mucho menos arriesgada en el terreno gráfico, Zapico se muestra muy prudente (que no torpe) en su narrativa visual, como si por ser su primer trabajo prefiriera ser más conservador. Para ello, el artista acude a una maquetación de viñetas clásica pero no ortodoxa, variando tamaños y composiciones a su antojo, pero sin salirse del rectángulo que, con sus diferentes dimensiones acota, pero no ahoga, al decidido fluir de la historia, no suponiendo en ningún momento traba o lastre para que esta se despliegue en toda su amplitud. Ayudado por una paleta de colores concisa, que no se da a alardes innecesarios y permanece muy cercana a los tonos apagados, y con una ajustada caracterización de sus personajes que aleja al tebeo de la confusión a la que podía haberse visto abocado por la similaridad entre los mismos, Zapico deja, como ya hará en su posterior obra, que sea su guión el que realmente potencie los valores del Profesor Bertenev.
Menos comprometido que Café Budapest, pero no por ello carente del mismo poso de crítica hacia la guerra y lo que ésta es capaz de sacar del ser humano, La Guerra del Profesor Bertenev traza de forma hábil y con muy pocas (o ninguna) fisura, la historia de un intelectual que, abocado a luchar en la Guerra de Crimea, se encontrará en una situación imposible. Atrapado por los ingleses tras huir de una batalla para salvar su vida, terminará trabando amistad con ellos y ejerciendo su profesión docente en el campamento militar. Hasta que eso ocurre Zapico nos presenta a un antihéroe carismático, un títere en manos de un destino incierto que se mueve con naturalidad en un entorno (el del conflicto bélico) que le es tan ajeno como odioso.
Así definido, no es sorprendente que el lector sienta cierta empatía y enormes simpatías hacia Bertenev, haciéndose partícipe cercano de sus continuas diatribas y conflictos emocionales, siendo estos a los que el autor hace certera referencia con el título. Descrito como un humano tridimensional con las mismas angulaciones y vericuetos que dibujan la personalidad de cualquier ser de carne y hueso, Zapico demuestra que lo que conseguía con el Yechezkel de Café Budapest no era fruto de la casualidad, sino que venía ya fogueado de esta su primera y estupenda incursión en este mundillo del noveno arte que tanto nos encandila, tanto a nosotros, a un lado de la página, como a él, al otro.





